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Koyep de Kaltashch-ekva - (Poesía decolonial) - Jorge Gabriel Menéndez Vera - poeta cubano

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Koyep de Kaltashch-ekva Koyep que tum que suena que tum. En Manpupuner el mansi siente que Ekva lo siembra, lo traza y le toca la vida. Sabe que en Yalping-Ner tras la muerte se hunde en cada parte de todo. Koyep que tum que llama que tum. Kaltashch-ekva dice en Manpupuner: «Soy la que despierta, da luz y crea, como un cisne, siete gigantes sobre mi espalda nacidos de siete sueños, en siete cunas que se mecen bajo el cielo ignorado del atardecer». Koyep que tum que arde que tum. La mano se acerca desde el cosmos a la hoguera, con una espiral de hilos que forjan el alma de un niño. Koyep que tum que mira que tum. Kaltashch-ekva, ante el ojo de Manpupuner, descuelga sus alas e inicia uno de sus infinitos vuelos: el que llevará los óvalos, los dejará caer para estallar en grietas, raíces que ascenderán hasta los pétalos, hasta el polen de la noche. Koyep que tum que oye que tum. Su voz, en los bordes del silencio, coincide con todos los sonidos. Koyep que tum que vuelve que tum. El...

INFECCIÓN Y EL SILENCIO---(del poemario Los Umbrales y el Tanka Sordo)




Obra: Mamá África

Artista Plástico: Tony Cyizanye





En memoria de Ismael Challenger,

cuya sensibilidad abrumaba.




Infestados hasta el cordón umbilical,

potando mierda de hadas.

La maravilla de la insuficiente mañana

una vez más ha vuelto a salir.

Todos gritan,

todos

aguardan el aplauso programado

para el soñarse infestados.

Y la reliquia que el guardián olvidó

custodiar luego de las lunas cruzadas del Islam

y el templario,

se esparció en las anticuarias formas de sumisión,

tantas,

sólo que hoy se define por la infección.

Infestados.

En la mastaba

alzo el ópalo en marfil al tragaluz

y me devuelven la palabra infestada,

más rápida que un electrón,

ergo más que cualquier

pestilencia coronada.


¿Infestados?


¿Y el sur de ébano

donde, posados de rojos millones de pies se arrastran

sobre compactos trozos que imitan la luz,

se invierte el orden de todo el planeta?

¿Y qué de esos abyectos e insacrificables cuerpos,

expropiados hasta la sombra,

desfilando en una danza de parcas,

las que, con ungüentos, exhaustas ya, untan molicies

en kilómetros de huesos?

¿Y qué de la sangre jalada

de cuajo como las pieles?

¿Y qué de los hombres,

no os consume la vergüenza

contigua al silencio?

El silencio, gran genocida de la historia.

Los festejos que se montan sobre el silencio le secundan.

Las crisis del primer mundo

que anulan los festejos montados sobre el silencio

son aún más graves que la shoah del silencio mismo...

Así la innumerable lista, que sí está inscrita en el epigrama

de los cielos inciertos, no acaba en la potencia

de los tiempos.


¿Quién merece lanzar la primera piedra?

Nadie nunca y aunque se pudiera,

la piedra jamás llegaría.

Estas no son las piedras de la violencia,

son las de un merecer decir la palabra;

es que la palabra no puede

llegar a puerto de náufragos restos,

cifra que ofenden en los ceros.

Allí cualquier argumento es la jerigonza

de un glimabete clatámaco

ante el infame monumento megalonecropolítico,

cuya razón es el flujo, a veces duro

y ahora flojo, que me sale por el ano.



Jorge Gabriel M. Vera


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