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El vuelo de Chak Kush - (Poesía decolonial) - Jorge Gabriel Menéndez Vera - poeta cubano

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 El vuelo de Chak Kush A los chulyms Kamlanie , sobre un reno sagrado , teje un tambor de abedul . En la Taiga , en el vientre del pino kōgur , florecen los ancestros, bañados del sueño, sus raíces viajeras por Obi . Con el fuego en las manos  se suben y navegan en Kämä , avanzan surcando un triángulo  en el agua del laberinto boreal hasta llegar a Teguldet para encender los ojos de esa noche en la que se pudo pescar. Ha terminado el invierno y han salido del fondo de Odyg , sabiendo que todo viene de Kudai a pesar de los tres mundos . Kham , en el bosque de Izykh   Agach , hace el Kamlanie y mantiene lejos a Erlik , señor de los que se ignoran muertos. Y en las aguas ha visto a  Su İyäse ; le agradece a través del agujero del insomne,  del sonido perpetuo del agua del Chulym . Ahora se aleja la noche en el pájaro Chak Kush, y deja la última estrella en el cherdák , en el hombro de un anciano. En la Taiga, en el vientre del pino kōgur, florecen los ancestro...

Bitácora del escritor del cielo---(Relato)---Autora: Iris F. Rivero---(Cuba)

 

Nostalgia (Paisaje, universo, mujer, soledad, galaxia) de Alejandro GM



Bitácora del escritor del cielo


Nací en el fondo de un mar de tinta y tierra profana. Recuerdo mi corazón como un círculo muy pesado hecho de finos tentáculos de aire, estirándose para sostener el resto de mis órganos. Incluso cuando no podía oír me inundaban las voces, cuando todo no era más que ruido de olas y cañonazos, había susurros. Otros dicen que fui creado por una lluvia de pólvora que cayó sobre el océano y convirtió el mar en tinta salada, porque eso era lo que querían los dioses, alguien que acabara con la guerra: un escritor. Si me preguntan a mí, les diría que fui un pez, un pez gigante que tragó pedazos de cielo partido y se convirtió en un monstruo, de esos con dos ojos y largas piernas semejantes a los de arriba. No sabía lo que hacía, no al principio.  Saqué mi pluma de una clavícula sobrante, pulí el hueso con una concha afilada y me colgué su perla al cuello. Todo en una serie de movimientos mecánicos y precisos. Como si alguien me susurrara al oído unas instrucciones que en el fondo no comprendía, pero que como buena máquina debía ejecutar. Emergí a la superficie. Los órganos cayeron de un palmazo en el interior de mi cuerpo, ajustándose a la forma que deberían tener. Vomité agua y aire. Entonces miré hacia arriba.

Mi primer vistazo al mundo fueron los huecos de aquel cielo humareado y sangrante por los que aparecían gigantes pájaros de metal. Cuando entraban se abría más la herida y ante el sonido del desgarro llovía sangre y ceniza. El agua estaba impregnada de una sustancia pegajosa que se lanzaba violentamente contra mí, impulsándome de nuevo al fondo como si no quisiera soltarme. Como un monstruo que da la oportunidad de escapar antes de devorar su presa, vuelve al vientre de tu madre, pequeño, no quiero hacerte daño, sentí que cada metro del océano me cantaba una advertencia, pero aun así me quedé, porque este mundo este asqueroso mundo con huecos en el cielo me pertenece, es mío para repararlo. Entonces tomé la pluma de hueso y en la palma de mi mano clavé mis dos primeras palabras: cierra herida. Miré al cielo otra vez y los huecos comenzaron a cerrarse. Los pájaros de metal se quedaron desconcertados mirando también hacia arriba, el humo se disipó y ahora, a la cara de aquel circulo de luz resplandeciente que titilaba sobre mis pupilas por primera vez, la ceniza brillaba.

       

                                  Iris F. Rivero






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