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Koyep de Kaltashch-ekva - (Poesía decolonial) - Jorge Gabriel Menéndez Vera - poeta cubano

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Koyep de Kaltashch-ekva Koyep que tum que suena que tum. En Manpupuner el mansi siente que Ekva lo siembra, lo traza y le toca la vida. Sabe que en Yalping-Ner tras la muerte se hunde en cada parte de todo. Koyep que tum que llama que tum. Kaltashch-ekva dice en Manpupuner: «Soy la que despierta, da luz y crea, como un cisne, siete gigantes sobre mi espalda nacidos de siete sueños, en siete cunas que se mecen bajo el cielo ignorado del atardecer». Koyep que tum que arde que tum. La mano se acerca desde el cosmos a la hoguera, con una espiral de hilos que forjan el alma de un niño. Koyep que tum que mira que tum. Kaltashch-ekva, ante el ojo de Manpupuner, descuelga sus alas e inicia uno de sus infinitos vuelos: el que llevará los óvalos, los dejará caer para estallar en grietas, raíces que ascenderán hasta los pétalos, hasta el polen de la noche. Koyep que tum que oye que tum. Su voz, en los bordes del silencio, coincide con todos los sonidos. Koyep que tum que vuelve que tum. El...

"Cielo"---(Relato)---Autora: María Karla Larrondo González---(Cuba)

 


Tipo: Fotografía

María Karla Larrondo González



Cielo


Hace unos días me preguntaron qué tipo de escritora era y tuve que virar la cara y encogerme de hombros, porque solo escribo para desahogarme, liberar esos miedos que están dentro de mí. Y en noches como esta solo puedo escribir y recordar cuando te sentabas junto a mí y me hacías volar solo con tus palabras. Éramos felices en aquellos tiempos, incluso sin andar con lujos. Quizás en nuestras noches hubieras disfrutado de un buen vino, pero los días de celebración juntabas hasta el último céntimo y me regalabas todo lo del papel. Hoy sé que no hay santas, ni reyes, pero nunca dejaste que se durmiera esa inocencia en mí y tampoco la sonrisa en ti. Siempre decías que teníamos que creer en algo, así fuese en el cielo: él nos protegería, aunque a veces ni lo mirásemos. Y me enseñaste que en la vida tendría que ser fuerte, pero que tendría que ser feliz y estar orgullosa de ser mujer. En aquel entonces no entendía por qué me recalcabas lo de “mujer”, sí siempre hiciste el papel de madre y padre muy bien. Pero es verdad que el mundo necesita hombres como tú y de esta fuerza que me enseñaste.

Y la ingenuidad te jugó una mala pasada, porque me juraste que estarías siempre junto a mí y el día que te fuiste de mi lado quería culparte por no cumplir tu promesa, pero cuando llegué a casa, miré al cielo y te vi ahí, con tu sonrisa, con tu olor, con tu fuerza cubriendo mis lágrimas con otro significado. Se había ido mi mayor ejemplo, mi guía, pero me dejaste tus palabras y nuestros recuerdos. Entonces comprendí que nunca más escucharía tu voz o sentiría tus abrazos, que no me quedaría dormida en tu pecho. Pero siempre decías que en la vida hay días alegres, pero también momentos injustos. Hoy sé que no te fuiste, que llegaste a mi cielo para quedarte para siempre. Y desde entonces vivo, papá. Vivo como me enseñaste, río como lo hacíamos cuando era pequeña y me hacías cosquillas, canto, aunque desafine media canción, lloro porque te fuiste, pero he aprendido a ser fuerte.

Desde que no estás me siento en mi nuevo portal, con la copa de vino en la mano derecha, a mi izquierda tu sillón y nuestros recuerdos. He aprendido a mirar el cielo y sonreír, porque ahí estas tú…



María Karla Larrondo González.




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