Intensidades del rojo---(Relato)---Autor: Jorge Gabriel M. Vera---(Cuba)---(Relato publicado en Los oníricos arcanos. Poesía y relatos) ---Enlace de venta.
Intensidades del rojo
El mismo olor fuerte a friegasuelos con lejía, creo que están limpiando, pero no es necesario mezclar eso dos productos, por Dios. ¡Ah! Otra vez ese grito, esa voz, la llamada que me viene acechando algunas tardes. No puedo recordar. Me imagino que todos deben pensar que estoy loca o que no tengo consciencia, si es así, tal vez tengan razón. No les reconozco. Oigo sus charlas e intento entender lo que me dicen, pero en vano, no hallo significado en sus palabras, es una jerigonza inescrutable. Oh, esa voz que grita me resulta familiar, pero no la puedo identificar; al oírla siento impotencia, me asusto, quiero levantarme, hago el esfuerzo, ni siquiera le abro los ojos al mundo, me duele el pecho y no puedo hacer nada. Esa voz parece ser el fin, el juicio final, algo terrible y hermoso a la vez. Luego desaparece y demora en volver.
Ya no sé cuándo duermo ni cuándo estoy despierta, es una extraña continuidad. Toda mi voluntad por querer ser la de antes se ve pisoteada por una fuerza superior, invisible y brutalmente empecinada a extirparme el movimiento. A veces me invaden unos dolores que van recorriendo de manera caótica mi cuerpo, es insoportable, luego se extinguen sin más.
Me da la impresión
que siempre es de tarde, como el día en que choqué. Tampoco es que tenga todo
claro como, por ejemplo: ni idea de saber a dónde iba, ni de dónde venía. Creo
que llovía. Hubo un atasco importante, de esos en que la eternidad se cuela por
los barrotes de nuestra experiencia. Logré salir de esa turba de coches para
buscar el arcén y un golpe por detrás me hizo desaparecer por un instante. Hace tiempo ya del accidente que me dejó postrada en esta cama;
solo recuerdo el fatídico suceso y mi nombre: Ana.
Un desfile cromático, luego quedan los colores sueltos, en
ocasiones el naranja que demora un poco hasta que se hace leve y entra la
oscuridad. Otra vez el olor a friegasuelos y lejía. Joder, qué fuerte y
penetrante. Más que el verde y ahora el rojo, cuyos tonos son inimaginables,
siempre viene cada vez que oigo esa voz, envuelta en las intensidades de ese
color, mientras más cerca más fuerte. ¡Ahora la siento, el rojo, el osito, ya,
ya sé, eres tú, mi cielo! ¡Sí, mi vida, estoy aquí, tu mami está aquí!
La historia de Ana y su familia me ha conmovido. Cada tarde de los últimos seis meses me ha tocado limpiar el ala norte de la segunda planta del hospital en Cuidados Intensivos, donde están los pacientes más graves. Los umbrales, así suelen llamar a esta zona los especialistas en su propia jerga, quizás porque ya el paciente aquí escapa a todo método y posibilidad de cura, y solo queda esperar a que algo más suceda. En fin, entraba a mi turno, preparaba mi carrito de limpieza, con todos los productos necesarios, cogía el pasillo principal y entraba en el ascensor. En la segunda planta tomaba mano derecha unos cincuenta metros de otro pasillo, nuevamente a la derecha hasta cruzar el umbral, donde enseñaba mi credencial, era desinfectado y me ponía el uniforme requerido para mi labor, mezclaba el friegasuelos con la lejía en el agua del cubo que había montado en mi carrito y comenzaba a fregar. Cada dos horas durante las ocho de mi jornada debía limpiar la zona. Solo tardaba quince minutos, el resto del tiempo me quedaba sentado en mi cubículo, esperando cualquier emergencia o al momento de volver a higienizar todo. Mi cubículo estaba justo en frente de la habitación de Ana y fui testigo de lo que pasó, sobre todo aquella tarde.
La niña cargaba al osito del corazón en el pecho, gritaba
“¡mami, mami, te quiero!”. La madre, Ana, yacía postrada en una cama. El
pulsímetro del desfibrilador marcaba el ritmo con su constante pitido.
–¿Usted es la madre de Ana? Y esta preciosidad de niña es la hija… —preguntó la doctora, mientras la otra señora, que cogía a la pequeña en brazos, asintió—. El estado de la paciente requiere el contacto emocional. Necesita escucharles, sobre todo a la pequeña. Con el diagnóstico que tenemos, aún no sabemos cuán grave puede ser el daño cerebral. Todo apunta a que el choque dañó de forma aguda el hemisferio izquierdo, por lo general esa zona tiene que ver con el lenguaje. Las pruebas también nos indican que es probable que cierta parte del tálamo se haya visto afectada, con lo cual estamos casi seguros que si nos escucha apenas nos entiende.
– ¿Abu, por qué mami sigue dormida?
–Tiene sueño, nena, ya sé despertará, solo dile cuánto la quieres.
–¡Qué osito más mono! –expresó la doctora a la niña mientras acariciaba la cabeza del peluche.
–Me lo regaló mami en mi cumple –dijo la pequeña con esa timidez inocente con que los niños suelen soltar las verdades más grandes. Justo en ese momento a Ana le dio un espasmo y acto seguido volvió a relajarse.
–Tales espasmos son normales en pacientes de su condición
—sentenció la doctora—. Comprenderá, señora, que no puedo darle más esperanza
de lo que el diagnóstico indica, la situación es grave y como tal hay que
tratarla.
Afuera, más allá de la ventana, la tarde volaba, como siempre, en su naranja, remolcada por los pájaros sobre el parque de enfrente, el que iba enmudeciendo. Me disponía a preparar el material para la limpieza. Entonces, encendieron los carteles del supermercado, las luces de neón trazaron su habitual hipotenusa verde hasta el techo de la habitación de Ana. La abuela, desde que se ha ido la doctora, no ha dejado de sollozar con disimulo ante su nieta, la que en ese instante volvía a jugar con el osito sobre un sillón que había junto a la cama de su madre, de pronto la miró y le dijo: “Mami, juega conmigo". Ana comenzó a convulsionar, las pulsaciones aumentaron y los espasmos fueron cada vez más fuertes. Entró el personal de urgencia para controlar la situación e hicieron salir a la señora con la niña.
El osito quedó sentado en el sillón. En el pecho tenía un corazón que encendía y apagaba en rojo, dando todas las intensidades de ese color.
Jorge Gabriel M. Vera
¡Me conmueve leerte, Estimado! Dura historia. Todo amor y dolor, con pincel inocente.
ResponderEliminarGracias, Aris, artista, siempre necesitaré de tus mágicos versos.
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