Bandera de Machete (Poesía)
"¡ah, solo que falta un número!" Quintín, sesentón, con la cabeza metida en los hombros, troncudo de cuerpo, la mirada baja y la palabra poca, nos recibe a la puerta del rancho: arde de la calentura: se envuelve en su hamaca: el ojo, pequeño y amarillo, parece como que le viene de hondo, y hay que asomarse a él..."
José Martí
La hamaca,
Mecida en la soledad,
Con la paz de un nirvana,
En esa siesta irrenunciable de Oggún.
Se levanta;
Sus gestos de antaño
Invocan el nombre
Grabado en el riesgo,
Cruzado de trazos.
La tinta de su corazón
Y el molde de la batalla,
En el pozo de sus ojos,
Dibuja bastiones.
¡Independencia!
¡Independencia!
¡Independencia!
La manigua y la sangre de Santiago
Le fluyen más que el miedo,
A galope y a degüello.
Mambí, hasta que la muerte le detuvo.
Tambores rebeldes...
Leopardos...
Congos erguidos...
Ejércitos de la vida...
Ejércitos de la muerte...
El orisha rojo
Que le canta al puño.
Blande soberanía,
Don del machete.
Toda lucha,
Si obra de justicia, ha de ser
Contra molinos.
Toque de corneta...
Se quiebra el azul...
Un tajo...
Descienden del cielo
Las filas amadas.
El ejército libertador,
campa,
Y recibe con todos sus brazos
A Quintino.
Más que los lobos,
Los ladrones de su estancia,
Esos burócratas de la memoria
Que insisten en cebarnos de su olvido.
Quijote nocturno, lleno de
Fuego y anhelo de Patria,
Quedas alzado
Para siempre.
Jorge Gabriel M. Vera
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Jorge, excelente poema, capta la esencia del gran Quintín, hombre tan complejo como valiente, también con su dosis de manchas negras , pero eso sí, uno de los grandes patriotas nuestros que murió como vivió.
ResponderEliminarGracias, hermano Nelson. Lo importante es la ética y la coherencia de estos personajes, que haciendo una perífrasis de las palabras de Silvio Rodríguez: son los que mueren como vivieron.
ResponderEliminarCreo en la dignidad de los hombres y los pueblos, gracias por hablar de Quintin,soy el ultimo desendiente de Garcia Menocal
ResponderEliminarGracias por su comentario. Es cierto, la historia al final sitúa esa dignidad, tanto de los hombres como de los pueblos, en un lugar a la altura de su honor y honra.
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