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Koyep de Kaltashch-ekva - (Poesía decolonial) - Jorge Gabriel Menéndez Vera - poeta cubano

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Koyep de Kaltashch-ekva Koyep que tum que suena que tum. En Manpupuner el mansi siente que Ekva lo siembra, lo traza y le toca la vida. Sabe que en Yalping-Ner tras la muerte se hunde en cada parte de todo. Koyep que tum que llama que tum. Kaltashch-ekva dice en Manpupuner: «Soy la que despierta, da luz y crea, como un cisne, siete gigantes sobre mi espalda nacidos de siete sueños, en siete cunas que se mecen bajo el cielo ignorado del atardecer». Koyep que tum que arde que tum. La mano se acerca desde el cosmos a la hoguera, con una espiral de hilos que forjan el alma de un niño. Koyep que tum que mira que tum. Kaltashch-ekva, ante el ojo de Manpupuner, descuelga sus alas e inicia uno de sus infinitos vuelos: el que llevará los óvalos, los dejará caer para estallar en grietas, raíces que ascenderán hasta los pétalos, hasta el polen de la noche. Koyep que tum que oye que tum. Su voz, en los bordes del silencio, coincide con todos los sonidos. Koyep que tum que vuelve que tum. El...

Una nota al pie de página del fin del mundo--Autor: Jorge Gabriel M. Vera---(Cuba)



Obra: El sueño de la razón produce monstruos (Dibujo preparatorio.) 

Artista plástico: Francisco José de Goya y Lucientes



 Una nota al pie de página del fin del mundo



 Inmune van los trazos del azar...


 Abren el arca

que puede engullir al cosmos 

y más. En medio de lo inmensurable

la catástrofe infecta al deseo; 

pero de los abismales cubos 

del fondo, cifrados de absurdas cábalas,

 escapa el acecho de Vestiglo

en busca de cabezas ajenas. 


Huertos crecidos de oráculos...

Se levanta

un falo de silencio 

junto al heno que tapa el espanto. 


Un escritorio

de ligeras órdenes

a ser consignadas

remotas a las barrancas

para que otros zumben 

extrañas melopeyas

 en su propio despeño. 

Y se ven las multitudes congeladas

 ante un desahucio

 tan ignoto, 

aderezos de las oblongas huestes

que invernan estrellas 

en los agujeros 

 de un pérfido coro,

afinando la discordia 

en los parapetos de la ira. 


 Cerrados los pasos

y, cual si aquel salvífico 

corte de océano,

emerge el camino,  

camino de la sierpe

 distante y expandida, 

cómplice de lo febril...
 

y se oxidan los sueños. 

¿Será que los pueblos 

fueron sepultados en la paroniria? 

¿Dónde yacen las guitarras 

 y los pelos largos

como tejado de las voces

que puedan entonar 

más allá de los tímpanos exiguos?


El arca... 

¿quién la debe cerrar? 



La orden, 

¡qué no llegue al cielo! 

Triste el horror cuando desciende. 

¿Es que ya no duele esta carne de inframundo

en la que se inflaman las horas...

y fenecen los idilios
 
y se censuran hasta las resurrecciones? 



Ah, ustedes, hoplitas 

en junglas etéreas, 

eternos en dar la espalda

a los montes

de pieles arrancadas

 por causa del galáctico jaspe,  

depongan cada uno de sus ficcionados cetros 

que rubrican en carátulas de sangre; 

hablen del asedio 

de Vestiglo,

el que se injerta cabezas ajenas,

y no de los arqueros que responden 

sobre el lomo de la bestia. 



Ya lo dije: 

el arca puede engullir 

al cosmos, incluso succionar lo que habita

 tras las líneas 

de las ligeras órdenes,  

el otro lado del escritorio.


El texto del azar es in-reescribible...


                    A todo lo que ha existido. 




                                   Jorge Gabriel M. Vera






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