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Koyep de Kaltashch-ekva - (Poesía decolonial) - Jorge Gabriel Menéndez Vera - poeta cubano

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Koyep de Kaltashch-ekva Koyep que tum que suena que tum. En Manpupuner el mansi siente que Ekva lo siembra, lo traza y le toca la vida. Sabe que en Yalping-Ner tras la muerte se hunde en cada parte de todo. Koyep que tum que llama que tum. Kaltashch-ekva dice en Manpupuner: «Soy la que despierta, da luz y crea, como un cisne, siete gigantes sobre mi espalda nacidos de siete sueños, en siete cunas que se mecen bajo el cielo ignorado del atardecer». Koyep que tum que arde que tum. La mano se acerca desde el cosmos a la hoguera, con una espiral de hilos que forjan el alma de un niño. Koyep que tum que mira que tum. Kaltashch-ekva, ante el ojo de Manpupuner, descuelga sus alas e inicia uno de sus infinitos vuelos: el que llevará los óvalos, los dejará caer para estallar en grietas, raíces que ascenderán hasta los pétalos, hasta el polen de la noche. Koyep que tum que oye que tum. Su voz, en los bordes del silencio, coincide con todos los sonidos. Koyep que tum que vuelve que tum. El...

Lamia---(Relato)---Autora: Laura Trujillo---(Cuba)

 


La venganza de natura de Adorian Z



Lamia


“¡Detente, por favor!”, creí gritar. Si de mi boca salieron los sonidos o no, no recuerdo. Desde tu lugar junto a mi vientre hinchado, moviste la cabeza despacio y la imagen fue tan aterradora que deseé desaparecer. Tus ojos, dos cuencas vacías, no eran capaces de ver mis facciones de horror mientras succionabas la sangre de mi bebé.

El dolor era terrible y ya no distinguía su procedencia. Mi vista indicaba que mi panza era la culpable de los flechazos de agonía que me agujereaban el sentido; sin embargo, cada gramo de mi cuerpo parecía expedir magnitudes inmensas de sufrimiento.

Hubo un segundo en que levantaste la cabeza y pensé que todo habría terminado. Vi tu boca ensangrentada, tus colmillos afilados de serpiente que ocupaban el lugar de los incisivos. Si hubiera tenido fuerzas, habría corrido despavorida. Entonces clavaste de nuevo tus fauces en mi vientre.

Cuando estuviste satisfecha te apartaste de mí. Te quedaste quieta en un rincón de la cueva, parada sobre tus extremidades serpentiformes, colocaste dos ojos en tus cuentas vacías y me observaste por lago rato, sin pestañear.

Durante varios minutos, quizás horas, agonicé. No entendía por qué te habías quedado allí. Al inicio pensé que querías verme morir, observar cómo me desangraba, cómo la vida abandonaba mi cuerpo y me convertía en una carcasa inservible. En mi estado de terror y sufrimiento, me costó percatarme de cuál era tu objetivo. Me ofrecías tiempo. Tiempo para que el dolor remitiera y pudiera sentir otras cosas. Cosas como que ahora, dentro de mí, solo latía un corazón.

Querías que me diera cuenta de que habías matado a mi hijo cuando aún estaba en mi interior. Querías ver cómo se me desgarraba el alma, y el sufrimiento por perderlo a él dominaba el pánico que hubiera sentido hacia ti.

Tu error fue dejarme viva. Como sabes, perder a un hijo crea monstruos. Te encontraré y coseré tus ojos de nuevo en su sitio y volverás a sufrir el castigo insomne de ver cómo tus vástagos mueren.


                                      Laura Trujillo






 

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