Es mística esta glosa endecadésima ---(Endecadésima)---Autor: Jorge Gabriel M. Vera---(Cuba)



De la serie Far Horizons, de Dayron Gallardo




Es mística esta glosa endecadésima


 

La luz suprasensible que bordea

el alma de las obras del vidente,

la santa indiferencia del creyente, 

el icono contrito que gotea. 

La conexión superflua de la oblea 

con textos donde exigen que desuelles 

al prójimo, la ciencia de los reyes 

para ordenar quién muere en el combate, 

el parafernalismo del orate

que, al suplicar monedas, dicta leyes. 

Ronel González


 


El sopor que se entraña sumergido,

al centro del misterio que consuma

los cóncavos guijarros de totuma,

se embota de canales, consumido.

En broma va y se atraca en el galdido

el verso del orar que tararea

un círculo de torsos que marea, 

esférico olvidar de su conjunto. 

Él mira el apofántico disyunto,


la luz suprasensible que bordea.



En la taxonomía, la esclerótica, 

se posan aleteos de confines

y blande los difuntos serafines, 

sobre la áurea página anecdótica, 

la cábala que mella por hipnótica

escala estructurada y prominente,

árbol de toda cumbre que es la fuente

de ramales hendidos como huesos;

en la gloriosa piel de sus atrezos:


el alma de las obras del vidente.



Mímesis de la cláusula, la ignota, 

del corpus semiagónico que ardía 

en numen de la alada Alejandría

que se hizo ensortijar por la derrota. 

Él vio en su descender como una gota

de lumbre en el tormento cual tridente, 

exiguo, no foliado en expediente, 

el rito a conflagrar, cuasi profano. 

Aquella fue la guerra del arcano:


la santa indiferencia del creyente. 



La afrenta, la de signos colosales, 

ectoplasma de filas esperpénticas, 

el azote a pesar de las argénticas, 

la herida de los tábanos mortales;

brotó de los siniestros lodazales. 

La mano del arcángel serpentea, 

celeste en su señal de panacea, 

un faro entre los ojos del agnóstico

que ignora los enigmas del acróstico:


el icono contrito que gotea. 



Los restos de anamnesis pero urdidos,

se callan sus reclamos al Leteo.

Guardarse algún grafema cananeo

se paga con los cuerpos fenecidos. 

Los espasmos hoy surcan recreídos

buscando los alisios, con disnea; 

tirar la advocación de la azotea

mas impunes burlar La Parusía.

¿Qué buscan, redimir a la jauría,


la conexión superflua de la oblea? 



No hay bardo que le cante al genocidio 

si el excelso por ser digno es un bardo.

Colmenas del caótico goliardo

reposan con el ritmo del suicidio.

No hay leyes que no surjan del fastidio,

si son rectas e inmóviles son leyes.

Gravitan sin rebaño muchas greyes

ufanándose en fiel calavernario;

te saludan, te imponen de vicario


con textos donde exigen que desuelles.



Ópalo de arlequín que, rubricado, 

promete la hondonada de cuchillos

por un dios que se adentra en los bolsillos

en la burla del canto soslayado.

Mártires del silencio penetrado

de voces que contienen entre muelles

un trino hacia la escarpa de cateyes.

¿Serán los artilugios otro altar?

Tratantes y fingidos quieren dar,


al prójimo, la ciencia de los reyes.



La hora está en el cénit de las tuertas,

cual cíclope coral que se acomoda 

para enterrar de veces al rapsoda

en la infinita tumba de mil puertas.

Se desaloja el verso en las reyertas,

se regula el siguiente disparate:

la cuota de la sangre se debate

desde cúpulas sórdidas, registros;

los verdugos mundiales son ministros 


para ordenar quién muere en el combate.



Un clon de atardecer que no razona 

esta mística glosa endecadésima,

se inmola en un tropel por millonésima

vez preso en los disfraces de persona;

pero ese clon, que habita en la encerrona,

retarda el atascar de su gaznate.

Si no le colindamos un empate

de vida en una sombra de entelequia,

tal clon del agujero nos obsequia 


el parafernalismo del orate. 



La noche colecciona cacerías 

de las almas que zarpan y que obturan

vergeles en las fauces que supuran

los chorros de espectrales galerías. 

Perecen las ingentes mancebías 

donándole a sus parcas los bateyes.

Se abrigan a las bestias con los fuelles,

naufragan las corrientes de aguaceros:

tonel tan embriagado por un clero,


que, al suplicar monedas, dicta leyes.



Jorge Gabriel M. Vera



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Comentarios

  1. "Es mística esta glosa endecasémica", tan brava y fascinante; POETA, como la más multisecular obra de arte. ¡Mi admiración hacia ti, Jorge; no alcanza en este espacio!

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  2. El arte de glosar versos siempre ha resultado seductor para los poetas, sobre todo para aquellos amantes de la décima, y Jorge no iba a ser la excepción. Aquí se nos presenta con una glosa amplia en cuanto al contenido y a la forma. Se han glosado diez versos, una décima completa, en diez estrofas (se pueden glosar diez versos en menos estrofas), cuando normalmente esto se hace con cuatro versos y cuatro estrofas. También el poeta se ha permitido hacer un recorrido por zonas del diccionario que comúnmente no utilizamos, y en ese punto se torna densa esa suerte de masa alimenticia que constituyen las palabras que conforman el texto; con el consiguiente resultado: lo denso es difícil de manipular, de moldear. Pero Jorge asume el reto con sus riesgos y se lanza al parnaso de los poetas... ¿épicos?
    Sí, pienso que sí. Definitivamente esto es un poema épico con intenciones líricas. Es un texto sobre la dialéctica que se ha dado entre la religión y lo secular, el poder y las minorías sociales; sobre como se ha asumido y manipulado el saber, batalla que se da en la sociedad y en el individuo. Quizá el poeta esté envuelto ahora mismo en ese conflicto, que es una encrucijada emocional y cognoscitiva, que ha servido de levadura a grandes obras de arte como la Divina Comedia de Dante; que como ..."luz suprasensible que bordea" se presiente en esta glosa endecadécima.

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