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Koyep de Kaltashch-ekva - (Poesía decolonial) - Jorge Gabriel Menéndez Vera - poeta cubano

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Koyep de Kaltashch-ekva Koyep que tum que suena que tum. En Manpupuner el mansi siente que Ekva lo siembra, lo traza y le toca la vida. Sabe que en Yalping-Ner tras la muerte se hunde en cada parte de todo. Koyep que tum que llama que tum. Kaltashch-ekva dice en Manpupuner: «Soy la que despierta, da luz y crea, como un cisne, siete gigantes sobre mi espalda nacidos de siete sueños, en siete cunas que se mecen bajo el cielo ignorado del atardecer». Koyep que tum que arde que tum. La mano se acerca desde el cosmos a la hoguera, con una espiral de hilos que forjan el alma de un niño. Koyep que tum que mira que tum. Kaltashch-ekva, ante el ojo de Manpupuner, descuelga sus alas e inicia uno de sus infinitos vuelos: el que llevará los óvalos, los dejará caer para estallar en grietas, raíces que ascenderán hasta los pétalos, hasta el polen de la noche. Koyep que tum que oye que tum. Su voz, en los bordes del silencio, coincide con todos los sonidos. Koyep que tum que vuelve que tum. El...

CUBA AGRADECE A LOS GÜIJES--(Poesía)---(Poemario Anti_Nocturnos del Caribe)---Jorge Gabriel M. Vera


Foto: Kini Kini, Muñeco de palo, Chichiricu o Güije


 Los peñascos, que danzan una quietud, únicamente podrían ser perturbados por el fálico vendaval. Un viento comienza a dar a luz a la oscuridad y la recluta en las filas de su caos. Qué lejos van por la cañada los tres guajiros, parecen haber sellado la jornada. Entre chistes que se olvidarán recortan el camino y dejan las risas fundidas en el recuerdo. Ansiosos por llegar, bajar la cuesta, chocar con el aroma de una sopa que aún está por servirse. Del otro lado, después del ojo de agua y la guardarraya, unos surcos, son pura potencia, difieren del acto, más no con la idea de maíz. Luego volarán nueve sinsontes que cruzarán la madrugada.

 

Por más que los brujos suelten la noche 

en el monte,

los duendes negros

no tienen miedo, 

ellos corren encueros,

se adentran en la manigua cerrada,

convencen al jazmín de su fuerza.

 

Estos chicherikus de patas de rayo

revuelven las madrigueras,

se asoman en las ventanas de los hijos de los guajiros,

le cantan sueños de lunas,

mecen la cuna en el techo,

el que se perdió por el huracán.

Conocen todo lo que ríe 

y llora en el batey.


Convertidos ya en cocuyos danzan, 

danzan las onomatopeyas del monte,

logran brillar sin las constelaciones.


El retozo acaba con el último sinsonte. 


Al amanecer Oshún con su guijarro

llama a los güijes, los amamanta,

les da el néctar de su ser, 

los lleva en brazos a la loma

de Oggún, el padre, y allí los deja dormir el día.

El brujo mira su caldero,

una copia lúdica del universo.



Jorge Gabriel M. Vera---Biografía---pinchar aquí. 


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