Ejemplaridad (Narrativa)
La indumentaria del ritual está montada como
siempre. Preparan el cuerpo del sacrificio. Un anciano obeso coge un sombrero y
un enorme puñal, le apunta al corazón mientras tres jóvenes sujetan a la
víctima, pero él forcejea, se escapa. Atraviesa dos cubículos, la puerta, ante
sí el camino, agitado, veloz, abierto a lo desconocido. Piensa: “necesito
esconderme, esta aldea de piedra es una tumba que me persigue”. Cinco minutos
después es atrapado.
—¡Bestias, horda impía, criminales, paren este
holocausto, malditos! —sigue profiriendo, grita, chilla. Esta vez le atan bien
las extremidades. Lo llevan donde empezó todo. Allí aguardaba paciente el
anciano con el sombrero de yarey y el puñal que no volvería a quedar en el
gesto.
Mientras el viejo destripa y corta con
maestría, el más joven de los individuos le dice:
—Coño, abuelo. ¿Harás chicharrones?
—Mijo, dile a tu abuela que vigile la yuca y el
tamal. Seguro anda chismeando en el portal. Anda, ve con tus primos pa ‘ allá ‘
lante.
—Abuelo, algún día quiero matarlos, igual que tú.

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