El Regalo del Muerto (Narrativa y Crítica)

A la sombra del arbol sagrado (CRÍTICA LITERARIA AL SIGUIENTE RELATO POR LA DRAMATURGA, NARRADORA Y POETA CUBANA ELAINE VILAR MADRUGA, pincha aquí) 




Obra: Allégorie Justice

Artista Plástico: Stevenson Magloire


                                                                        "Estos mitos y romances, característicos de la más descarnada superstición, me repelían en extremo. Su persistencia y su asociación a tan larga descendencia de mis antepasados, resultaban especialmente irritantes…"

Lovecraft.


"El muerto cierra un pacto con el vivo y hace todo lo que el vivo le

manda." "Nganga quiere decir muerto, espíritu." "Nganga es lo mismo

que Nkiso, que Vrillumba. espíritu del otro mundo." "Misterio."

J.S. Baró, Brujo y Sabio Palero en El Monte de Lydia Cabrera.




 —¿Sabes dónde está la casa embrujada? —Antes de que pudieras contestar volvió interrogarte—: ¿Y la ceiba de los chichirikús? — lo miras mientras te dice—: Vamos pa ´allá.

La casa maléfica de la que había hablado Leonel está abandonada, lo descubres porque te arriesgas a atravesarla con tu amigo. El hedor a humedad es insoportable. A través de los dinteles y las ventanas rotas se cuelan los ases lumínicos del medio día y así van emergiendo restos de utensilios. Llegas al último cubículo, abres una puerta y encuentras el patio, la maleza puebla gran parte del terreno, pero solo te llama la atención el frondoso árbol de ciruela por el cual valía la pena llenarse de guizazos. Transcurrieron jugando las horas al olvido del tiempo hasta que se hartaron de boliches. Resuelven brincar un muro que hay al final, del otro lado está la calle de atrás.

Comienza el descenso de la tarde tras el horizonte del arcoíris de techos grises. Fueron a ver la ceiba. Necesitan bajar al hueco. Mientras descienden la pendiente observas el río Quibú. Parecen, en su conjunto, músculos de agua los desperdicios arrojados por los habitantes que viven a lo largo de la colina. Desconoces el recorrido y le preguntas a tu compañero, te responde: «Tranquilo, no te desesperes, tú sígueme… mira, allí, que también venden hilo de pita y papalotes…», era la primera vez que venías a este sitio. Tras un portón de metal se impone un tronco descomunal, quizás hicieran falta diez hombres para abrazarlo, su altura se confunde con el cielo. Leonel te cuenta: «… nunca la he visto con hojas…», como si guardase un otoño incansable, «… si le das doce vueltas después de las doce de la noche, aparece un güije chichirikú que se lleva toda la comida que haya y… escucha bien, si le agradas te regala algo deseado sin que se lo pidas…» Eres incrédulo a pesar de tu edad. Muy parecido pasa con tu bisabuela de ciento dos años, hija de un mayoral y una esclava nacida en Cuba, nieta de un africano que trajo su fundamento, lo plantó entre las raíces de un árbol. Hoy esa prenda sigue en tu casa, ella todavía la alimenta para la protección de la familia. En esas ocasiones en que te has parado a ver el ritual, te dice: «…mijo, tú debes cuidar este nkiso nganga cuando yo me vaya, el nkula de tu abuelo, Efatutanga Corta Sombra es el muerto que nos protege, es tu antepasado traído de la tierra del taita y watariambo que nos cuidan del nganga ndoki y el imbi yaimbi…» Tampoco te ha convencido mucho; sin embargo, al regresar a tu casa piensas que puede ser cierto de lo que te dijo Leonel, pero: «¿Cómo lo sabría?» Luego de haberte bañado le pides a tú mamá que te sirva la comida. Sigues pensando: «…si pruebo y no sale, gano; y si no, tienen razón, de todas maneras, es un güije. ¿Qué puede comer siendo tan chiquito? Y el regalo, ¿con qué dinero si no trabaja?».

Al terminar la segunda película del sábado apagaron el Krim. Pasó media hora; te aseguras de que todos duerman, coges las llaves y sales. Surcas las mismas calles laberínticas de Cocosolo. La luna difumina las sombras largas, las de los murciélagos parecen machetes voladores, zumbidos que son el filo de la noche. El hueco ante ti representaba aquella pesadilla que se debe vencer para lograr una verdad, si hubieras tenido a tu padre aquí tal vez le pedirías ayuda, lo malo es que se encuentra hace cinco años trabajando en la URSS, aunque desearías acordarte un poco más de él que imaginar cómo se mueve en las fotos. Te vas empujando el miedo hasta el portón. Olfateas la peste proveniente del río. Estar allí como algo insignificante en presencia de aquella ceiba inspira escalofríos, en cambio comienzas a dar las tímidas vueltas. Acabando te sentaste, mareado, no sucedió lo que se supone que debe pasar, todo era un engaño. ¿Quiénes se habrían puesto de acuerdo para inventar estas historias? No servía de nada estar en aquel paraje, te levantas para volver y chocas con alguien, caes en el suelo, alzas tu mirada, un hombre negro, cerca de tres metros de alto, delgadísimo, casi no se le nota el rostro, está descalzo y con un pantalón blanco ripiado por las rodillas. Lo miras y quedas inmóvil. Él adivina lo tatuado en el reflejo de tus ojos, igual se hace ante lo inesperado. Levanta su mano y señala el firmamento, ya la luna tiene miedo antes que la cruce con su dedo; acto seguido la desliza sobre tu sombra y todas las sombras visibles que van escapando de los cuerpos en busca de la ceiba. Por fin decide posar sus dedos en la corteza del extraordinario tronco. Se da la vuelta y comienza a escribir. En su espalda tiene cicatrices que forman inscripciones desconocidas para ti. Cuando acabó, vistes la marca, un cúmulo de caracteres indescifrables junto a flechas y círculos que podrían haber alcanzado la infinidad de direcciones y sentidos. Lentamente te paras y sales corriendo hacia afuera para subir la pendiente, pero también él está allí, ahora señalándote el río que empieza a hacer burbujas, de ellas emergen ratas, cuantiosas ratas, millones; entran por las hendijas de las casas, suben a los árboles, vuelven a descender, parecen querer llenar todos los espacios. Aterrado emprendes una carrera sin percatarte de que el hombre que quita las sombras, el de la extraña firma y las figuras en la espalda, ya no está.

Despertaste cansado, no pareces haber dormido. La duda te hace repetir: «no puede ser, esto fue un sueño», hasta que logras convencerte. Te apeas de la cama en busca de tu cepillo de dientes y ves en el suelo escrito con tiza la misma firma que él pusiese en la ceiba, le preguntaste a tu bisabuela y te dijo que había sido ella porque Efatutanga se lo pidió.

Justo al medio día llegó alguien con el chisme de que a la gente del hueco les había sucedido algo raro, cuando se levantaron esta mañana no tenían nada de comer, toda la comida había desaparecido. Mientras escuchabas el comentario temblabas, no es posible, no es posible… justo en ese instante dos sombras entraron al portal, te asomas y no hay nadie.

«Logré arrastrar la sombra de tu padre. ¡Qué lejos estaba!, pero ya viene en camino. Mmm… me olvidaba, no puedes escucharme. Bueno, ya te cansarás de buscar de quienes eran las sombras; ahora déjame ver que quiere la vieja que hace rato me está llamando».








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