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Koyep de Kaltashch-ekva - (Poesía decolonial) - Jorge Gabriel Menéndez Vera - poeta cubano

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Koyep de Kaltashch-ekva Koyep que tum que suena que tum. En Manpupuner el mansi siente que Ekva lo siembra, lo traza y le toca la vida. Sabe que en Yalping-Ner tras la muerte se hunde en cada parte de todo. Koyep que tum que llama que tum. Kaltashch-ekva dice en Manpupuner: «Soy la que despierta, da luz y crea, como un cisne, siete gigantes sobre mi espalda nacidos de siete sueños, en siete cunas que se mecen bajo el cielo ignorado del atardecer». Koyep que tum que arde que tum. La mano se acerca desde el cosmos a la hoguera, con una espiral de hilos que forjan el alma de un niño. Koyep que tum que mira que tum. Kaltashch-ekva, ante el ojo de Manpupuner, descuelga sus alas e inicia uno de sus infinitos vuelos: el que llevará los óvalos, los dejará caer para estallar en grietas, raíces que ascenderán hasta los pétalos, hasta el polen de la noche. Koyep que tum que oye que tum. Su voz, en los bordes del silencio, coincide con todos los sonidos. Koyep que tum que vuelve que tum. El...

Cuerdas en sangre---(Relato)---Autor: Javier Argüelles---(Cuba)



 La ceremonia de Leonor Fini



Cuerdas en sangre


Me ha llegado la hora, pensaste contraído en aquella cúpula de metal que te conducía al momento designado. Quisiste gritar, pero algo redondo se apretaba en tu garganta. De repente, fuiste envuelto por la luz que manaba desde los candelabros de aquel majestuoso salón. Los mozos habían retirado la tapa de la bandeja. Allí estabas, atado de brazos y piernas frente a toda esa gente que posaba sus miradas en tu desnudez. Escupiste la manzana al mismo tiempo que los nobles que te rodeaban aplaudían entre risitas y comentarios. Un conjunto de cuerdas amenizaba la velada desde el fondo de la sala. Trataste de forcejear las ataduras en un intento por liberarte. Pero el sedante del fruto comenzaba a surtir efecto y tus fuerzas te abandonaban. A la cabeza del gran comedor, un hombre vestido de traje oscuro dio órdenes a los criados. Fue entonces cuando un millar de agujas conectadas por un extremo a varios tubos metálicos se te clavaron en la piel. Las tuberías de aquel mecanismo del infierno colgaban por entre tus carnes hasta las copas de los ilustres. La muerte no puede esperar, tus últimas palabras antes de desmayarte. Los violines dejaron de tocar. El anfitrión se alzó desde la silla dispuesto a proponer un brindis a los invitados. Mientras el líquido escarlata brotaba desde tus venas hacia las gargantas de aquellos seres tan antiguos como el tiempo.


                                                                                                                  Javier Argüelles








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