Sombras---(Relato)---Autora: Lisandra Quirós Izquierdo---(Cuba)

 


Variación del cuadro “Nachtmahr” (Pesadilla) realizada por Füssli en 1790- 91




Sombras

 

Violada una y otra vez. No por hombres sino por sombras. Pasabas caminando y te asechaban aunque no había Sol. Ya las conocías. Se te habían presentado desde la pubertad y dijeron, desde entonces, que nunca se irían. Entre el ocio de los años y la vitalidad de lo oprobio, no te importó.

Tus amigas disfrutaban de las sombras, la compañía perpetua las hacía sentir seguras. Con los años, te comenzó a molestar la omnipresencia de aquellas que antes pasaban inadvertidas. Te pesaban los hombros al bañarte, sentías aún la carga de girar el cuello para disimular la incomodidad de sus miradas. Dormías entre sobresaltos mirando la oscuridad de donde salían. Hacer el amor era verdaderamente difícil porque ellas también estaban ahí, coqueteando con el inquilino en tu cama, coqueteando entre ellas y contigo a la vez.

La sombras se escurrían entre miradas, risas, entre el sonido del claxon, entre silbidos, palmadas y piropos. Cuando eran gentiles te regalaban una flor. Cuando se ponían realmente perversas te escupían en la cara obscenidades. Llevabas siempre saya larga y una blusa negra, nunca sin escote, pero aun así ellas te perseguían.

Eran sombras grandes, pequeñas, gordas, flacas, masculinas y femeninas. Tenían bicicletas, sombreros, carros. Algunas volaban, otras andaban a pie a tu lado. Todas te querían. Te tocaban, manoseaban tu espacio, tu intimidad. Se deleitaban con tus huesos corrompidos por el acoso. Lamían el sudor de tus nervios. Se llenaban la panza con el miedo. Se colaban entre los cables de tus audífonos. Se amarraban a tu cintura, a tus pies. Se trepaban a tu cabeza. Te alaban el pelo. Te olían. Te daban la mano, el dedo chiquito. Te besaban.

Cuando detenías el paso, ellas esperaban sigilosas. Luego continuaban contigo. Entrar  al baño o conversar en la muchedumbre no era freno para ellas. Se trepaban en las tejas, aullaban silenciosas a la luna, se miraban entre sí buscando complicidad. A veces se entretenían con otros cuerpos y peleaban con otras sombras pero pronto regresaban a ti.

La inercia las impulsaba y el deseo lleno de baba rabiosa las corrompía. Callada y temerosa, dudabas. Los huesos con frío, las venas llenas de pálpitos sangrientos estaban a punto de explotar, pero lucías serena ante el público. Siempre serena. Ellas no, ellas eran cada vez más ruidosas. Tenían garras, tenían dientes y colmillos llenos de ganas. Querían morderte el cuello, las nalgas, los senos. Te lo decían. Podías oírlas. Estaban muy cerca. Eran parte de ti. Pero disfrutaban la espera. Se ensalzaban con el miedo. La lujuria se olía en el aire.

Te cortaste el pelo y con eso algunas se fueron pero quedaron otras tantas. Subiste de peso por la ansiedad, por la comida, por los años, al parir. Se fueron unas y otras quedaron. Seguían en ti. Eran compinches de tus hijos, de tu marido. Podían entrar en tu casa, podían beber en tu vaso, comer de tus cubiertos. Podían ayudarte a preparar la cena.

Las amigas que te quedaron con los años te las pedían prestada. Las necesitaban. No podían vivir sin ellas. Sus maridos no tenían sombras aliadas y las hijas tenían sombras desquiciadas, todas para ellas.

En la televisión denunciaban a muchas sombras. En los movimientos feministas. En los libros y las noticias se hicieron famosas, pero aun así, ellas se infiltraban hasta en la ley. Eran parte de la propia ley. Se ponían uniforme, utilizaban el silbato, el bolígrafo y el papel para multar. Las sombras eran invencibles.

Llegaron las arrugas a tu piel. La gravedad hizo su trabajo. Te quedaban dos o tres sombras fieles y de cierta forma te apegaste a ellas. Las odiabas tanto que no podías prescindir de ese sentimiento. Eran parte de ti y alguna que otra vez también fuiste parte de ellas.

Un día llegó la muerte y con  la voz tan clara y pura como la vida misma, te llamó, te indicó el camino. Corriste. Corriste cual niña emocionada hacia la muerte que era la sombra más bella que habías visto. La habitación se hizo infinita y desierta. Solo quedaban en tu lecho tres de las perras de caza hambrientas, aún con silbidos, aún con piropos, aún con rabia entre los dientes, aún con canas, aún con ganas.

Entonces salió el Sol y se fueron las sombras para siempre.


Lisandra Quirós Izquierdo


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